Pintando con palabras


Hola, mi querida comunidad. Pues, ¿qué les digo? Aquí encontrarán de todo. :) Un besazo.

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This is not a love story

-Nos divorciaremos.-dijo a secas.

Y de repente, algo de rompió dentro de mí. Una vago sentimiento inundó mi rostro.
Ellos nunca volverían a estar juntos. Ya no habrían vacaciones en la playa divertidas, o Navidades juntos. Ya no habría un cuarto lugar en la mesa los domingos al cenar. Ya no habrían datos culturales los fines de semana en el camino, ni el sonido asqueroso de ellos besándose, ni la romántica mirada que se daban de vez en cuando.
Ya no existiría el compromiso, la unidad… pero lo más importante: ya. O existiría el amor.

Mi nombre es Jeannette Eagle y ese fue el día en el dejé de creer en el amor.

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Sentido de madre

Toda madre tiene un sexto sentido, el sentido de la madre le llaman. Pero Jocelyn… era diferente. Ella tenía algo más que un simple sexto sentido. Era como ver el futuro, como premoniciones que se hacían realidad.

Le salvó la vida a muchas personas, previno cosas malas, pero había algo que era mucho más fuerte que cualquier otra cosa. El amor que sentía como madre. Su hija, Ariadna, jamás sufrió algún accidente gracias a eso.

Un día, Ariadna y Jocelyn salieron de día de campo con la abuela. Era un día hermoso. Las flores de primavera se hacían notar en la pradera, el río corría sigiloso y calmado. Junto a éste, se acentuaba una barranca de gran altitud. Ariadna, su madre y la abuela eligieron un lugar cerca de la sombra. Jocelyn extendió una manta sobre el césped mientras la abuela sacaba la comida de la canasta. Juntas, se deleitaron con un manjar exquisito. La abuela había preparado las papas a la crema que tanto amaba Ariadna. Terminaron de comer y esperaron el atardecer. Al marcharse, Jocelyn tuvo una visión. Una visión que cambiaría su vida para siempre. Hizo caso omiso a la charla de su madre y su hija y continuo su camino al coche. Una vez dentro, se aseguró que no venía nadie y dejó que las lágrimas inundaran su rostro.

Minutos después, Ariadna y la abuela se unieron a Jocelyn en el coche. Había sido un día hermoso, pero había que regresar a casa. Jocelyn manejaba con mucha precaución. Miraba a todas partes como buscando o esperando algo. El sudor perló su frente y cuando era evidente que ya no podía más, la abuela preguntó.

–¿Te encuentras bien?–preguntó su madre preocupada.

–Sí.–contestó a secas.

Todas contemplaban el bello paisaje que recorría el coche, excepto Jocelyn. Ariadna vio un tráiler que llevaba un caballo en la parte trasera. Era hermoso. Un enorme animal de color negro. Sus músculos resaltaban por encima de la ventanilla. Estaba tan absorta admirando al bello animal, que no se dio cuenta de que su madre había perdido el control del volante. Las llantas se resbalaban por el pavimento mojado y los frenos no respondían. Ariadna gritó. Y justo cuando Jocelyn había podido recuperar el control del coche, cayeron. El automóvil cayó al barranco, se estrelló contra el agua y se llevó consigo la vida de la abuela. Ariadna quedó inconsciente y Jocelyn trataba de deshacerse del cinturón de seguridad. Desesperada por respirar, halaba una y otra vez el cinturón, pero no cedía. Estaba ahí, sentada, recordando cuando su hija fue a la escuela por primera vez. Con sus trencitas colgándole por la espalda y su vestido de flores.  Era la única niña que no lloró. Recordó cuando ella y la abuela le hicieron un pastel de chocolate en su cumpleaños pero fracasaron porque el horno se descompuso y Ariadna sólo rió. Nunca volvería a ver esa sonrisa, ese cabello negro o esos ojitos que hacían que Jocelyn la amara tanto. Se quedaría huérfana.

En un último intento, Jocelyn le regaló, una vez más, el privilegio de la vida a su hija. Estiró lo más que pudo su brazo para alcanzar el cinturón de su hija y la llevó al frente con ella. La tomó en brazos y le dio un último beso en la frente. Se despidió de ella en silencio y lo más rápido que pudo, la empujó hacia arriba. Ariadna salió a la superficie y su madre no.

La visión que había tenido Jocelyn, era acerca del funeral de su hija. Pero en esta ocasión, la premonición se equivocó. Esta vez, sería el funeral de la madre de Ariadna. 

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Consejos de un árbol.

Consejos de un árbol.

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El vestido negro (the black dress)

Capítulo ll 

 

Amy le llevó el desayuno esa mañana a Jane a la cama. Al terminar, anunció a su nana que daría un corto paseo por el pueblo.

–Pero, señorita, hoy es el gran baile.

–Lo sé, Amy. Prometo estar de regreso en cuanto haya concluido mis compras. Además, necesito distraerme un poco. La partida de papá ha sido muy difícil para mí.

–Está bien. Le comunicaré a la señora sobre sus planes en cuanto despierte.

 

Más tarde, la hermosa figura de Jane se reflejaba en el cristalino lago, mientras ésta caminaba con andar decidido. No era propio de una dama caminar de regreso a su residencia, al menos no para la clase alta de Jane, mientras llovía. La joven caminaba despreocupadamente, a pesar de que su madrastra la colgaría en cuanto la viera, por lo tarde que era.

–Creí que ya había terminado de hacer sus compras, señorita Mason.

Jane se sobresaltó y enseguida recobró la compostura. Al girarse para ver de quién se trataba, se encontró con un hermoso semblante, surgiendo de un refinado carruaje. Era Gérard.

–Disculpe usted, señor. No me había percatado de su presencia.

Dijo esto alzando un poco el rostro para verle a los ojos al joven y al hacerlo, le cayeron unas gotas de lluvia en las pestañas, lo cual hizo que el muchacho se demorara un poco en responder.

–No hay por qué disculparse. Hace un poco de frío ahí afuera, ¿no lo cree?

–El clima es agradable una vez que uno se acostumbra.

–¿Me permitiría llevarla a su casa?

–¿Pero qué dice? Tan sólo estoy a unos cuantos kilómetros de mi vivienda. Le agradezco, Señor Devine, pero no será necesario.

–Insisto. Una mujer de su clase no debe andar a pie.

Jane no puso resistencia alguna, ya que iba bastante atrasada. Gérard bajó del carruaje se colocó a un lado de Jane y le ayudó a subir, tomando con extrema delicadeza la mano de la joven. Al entrar los dos en el carruaje, el muchacho aún le tenía tomada de la mano. Jane le miró incrédula, antes de que éste, se llevara los dedos blancos de porcelana de la joven a la boca y los besara dulcemente. Jane se estremece.

–Disculpe, señor Devine. Hemos llegado.

–Está bien, Henry.–siseó– señorita.

Se refería a Jane, y con un gesto amable le indicó que bajara del carruaje.

–Ehh… yo… le estoy eternamente agradecida, señor.

¿Qué le pasaba? Ella nunca tartamudea.

–No tiene nada qué agradecer, señorita, siempre es un placer. De hecho…–se veía nervioso– quería saber si le gustaría que pasara a recogerla para el baile de esta noche.

–Yo amm… yo… necesito preguntarle a Eugene.

–No creo que le  moleste ir sola.–dijo esto con seguridad.– Entonces, ¿le gustaría ir conmigo?

Arqueó una ceja esperando la respuesta de Jane.

–Será en otra ocasión, señor; gracias de todas formas.

El hermoso Adonis le contestó con una ferviente sonrisa y se marchó.

 

–¡Señorita Jane! ¡Está hirviendo!–gritó Amy.

–¡Amalia! ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué gritas de esa manera?–pregunta Eugene, irrumpiendo en la habitación.–¡Santo Dios, Jeannette! Te ves espantosa. ¿Y por qué no te has vestido?

Ahora luce enfadada.

–No estoy en condiciones de asistir al baile, Eugene.–se queja Jane desde su cama.

–¡Claro que lo estás! ¿Recuerdas al señor Devine? Bueno, él está esperando tu  presencia. Si no vas al baile… tendré que mandar una carta a tu padre.

Jane se lo pensó mejor y dijo:

–De acuerdo, iré.

Eugene le dedicó una sarcástica sonrisa y salió de la alcoba a grandes zancadas.

 

–Señora Mason, señorita Mason.–saludó educadamente el duque de Lancashire.

Eugene le dedica una mirada insinuante y éste sonríe. Saludan a todos y Jane se separa de su madrastra para ir a un lugar tranquilo. Sale de la gran casa hacia el jardín y camina por el largo laberinto.

–Una dama tan hermosa no debe de caminar sola por estos jardines… y menos a esta hora.

La joven se turba y suelta un gritito. Se sorprende de verlo ahí. La está mirando, expectante, galante y con aire de superioridad.

–Me ha asustado, Señor Devine.

–Dime Gérard, y siento haberla asustado, señorita.

–Señor Gérard, con su permiso.

–Se ve enferma.–dice preocupado–¿necesita un doctor?

–No tiene de qué preocuparse, señor.

–Tal vez debería pasar por usted más seguido, apuesto a que necesita el carruaje.

–Gozo de tal servicio, Gérard. Ahora, si me disculpa, quisiera volver al baile.

Dio media vuelta y se marchó. Estar cerca de Gérard le ocasionaba sonar estúpida y débil. Va cavilando acerca de los pros y contras que tiene este joven, cuando una sombra la toma por sorpresa, de nuevo, y se da cuenta que es Charles… uno de sus muchos declinados pretendientes.

–Miss Mason.–hizo una leve reverencia hacia Jane, en modo de saludo.

–Charles.

–¿Deseas dar un paseo conmigo?

–En estos momentos no, Charles, estoy algo indispuesta.

El caballero enarcó una ceja y miró de arriba abajo a la bella joven que tenía en frente.

–Siempre tan bella…–dijo esto con un suspiro morboso.

Se acercó a Jane hasta que sólo los separaban milímetros y levantó una mano para acariciar su mejilla.

–Tienes la piel más suave que haya sentido.

Recorrió su rostro y deslizó su mano por el níveo  cuello de Jane hasta alcanzar su escote.

–Lo nuestro lo he dejado claro, Charles.–dijo ésta abruptamente y dando un paso hacia atrás.–hasta luego.

–¡No te vas hasta que yo diga!

La tomó del brazo y comenzó a besarle ansiosamente el cuello.

–¡Suéltame! ¡Auxilio!

–Nadie puede oírte, querida.

–Me parece que la dama dijo que la soltaras.

Gritó Gérard desde una esquina. Se le veía serio, y un atisbo de enojo se advertía en su rostro. Charles alejó a Jane con un brusco movimiento y retó a Gérard con un gesto, a lo que éste le respondió fulminándole con la mirada.

–Así que… esta mujerzuela te brinda sus servicios ahora.

–¿Perdón?

–Eso es lo que es. Una mujerzuela.

–No creo que esa sea la forma correcta de llamar a una dama.

–Ella no es una dama.

Jane bufó detrás de él.

–Y lo dice un caballero.

El muchacho la abofeteó y ella calló al piso. Se frotaba suavemente en donde le habían golpeado y frunció el ceño. Gérard perdió los estribos soltó un puñetazo en contra de Charles. Éste sangraba y sus ojos reflejaban una furia salvaje. Le devolvió el golpe, pero Gérard lo esquivó hábilmente y le tomó del brazo, girándolo, hasta ponerse tras él, flexionando su codo contra su espalda.   

–No quiero que te vuelvas a acercar a la señorita Mason. ¿Me has entendido?

–¿Y tú quién demonios eres?–protestó Charles intentando zafarse del poderoso agarre de Gérard.

–El embajador de Francia, querido. Ahora, lárgate y déjala en paz.

Charles se limpia la nariz, sonríe irónicamente y se marcha. Gérard ayuda a Jane a levantarse y examina su rostro recién golpeado. Tiene la piel inflamada y parece que no se salvará de un gran moretón.

–Permítame llevarla a su casa, señorita Mason.

–Jane. Y estaré bien, Gérard. De verdad. Gracias por la atención.

El muchacho se quedó desconcertado mirándola marcharse y Jane se dio la vuelta. Con una sonrisa murmuró:

–Gracias por haberme salvado el día de hoy, Gérard. Le estoy eternamente agradecida.

–No hay de qué agradecer. Aunque me sentiría más seguro si pudiese llevarla a casa.

–Pero…

–Insisto.–dijo firmemente.

–De acuerdo, solo permítame anunciar a Eugene que me iré a casa.

–La acompañaré.

 

Eugene está tomando una copa de vino y charla animadamente con el duque. Ésta pavonea su pronunciado escote y se muerde el labio repetidas veces. El duque no es discreto al mirar la abertura que deja al descubierto el cuello, la clavícula y gran parte del pecho de la señora. A pesar de tener edad para ser la madre de Jane, es bastante atractiva y Jane sabe que no le es fiel a su padre.

 

Parece algo molesta cuando Jane se acerca hasta donde ellos están.

–¿Sí? ¿Qué deseas, Jeannette?

–Quería decirte que me voy a casa.

La madrastra abrió mucho los ojos y frunció el ceño, obviamente enfadada.

–No puedes, ¿has bailado ya con el señor Devine?

–Yo…

–Tienes que hablar con él.

–De hecho, señora, si no tiene inconveniente, me gustaría llevar a su hija a vuestra vivienda.

Intervino el señor. Eugene se sorprendió con estas palabras y sonrió con verdadero entusiasmo.

–Claro que no tengo inconveniente. Vayan, vayan. Espero que Jeannette le ofrezca algo de té.

–Gracias, señora. ¿Nos vamos?–dice ofreciéndole su brazo a la chica.

Ella asiente con la cabeza y caminan hasta el carruaje.

–¿Sabes?–comienza Gérard– A veces me da más miedo encontrarme con alguien que tiene demasiado en común conmigo que con alguien con quien difiero en la mayoría de las cosas.

Jane no sabía por qué le decía todo esto.

–¿Cuál es la razón?–contestó desconcertada.

–En esa persona, podría encontrar mi misma versión.

–¿Y?

–Y podría darme cuenta de todas mis atrocidades.

 

 

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Bonito peinado. Fácil de hacer, presentable y tierno.

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Otro dios.

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Dios de dioses

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Awesome!

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London Eye.

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